Desde el lunes 17 al viernes 21 de abril se desarrolló en la ciudad la 41° Fiesta Provincial del Teatro de La Pampa. En cuanto el cronograma estuvo disponible me organicé para coordinar todas las actividades personales y laborales y así poder ver todas las obras.
Al leerlo me di cuenta que sería imposible: es el encuentro más importante del teatro independiente de la provincia y se presentaron 33 obras teatrales. No iba a tener tiempo de verlas a todas. Me enteré también que 14 obras competirían por ser la representante pampeana en la próxima Fiesta Nacional del Teatro.
Estas son las obras que se presentaron en nuestra nota Fiesta Provincial del Teatro en Santa Rosa
La semana inició con Blacked Out, en el escenario del TQK, ubicado en Sarmiento y Cervantes. Al llegar me sorprendió que ya había mucha gente haciendo fila para entrar a ver la obra, a pesar de que faltaban más de 30 minutos para el inicio.
La obra comienza con la protagonista, Flavia, perdida y sin recordar dónde está. Ella es periodista y trabaja en una investigación sobre el narcotráfico de drogas. Rememora con dificultad todo su día, desde la mañana cuando entra a la oficina a escribir sobre una muerte sospechosa por sobredosis, hasta el presente donde permanece sola en un descampado alejado de la ciudad. Es un unipersonal y, minuto a minuto, se comienza a entender la trágica historia que vivió la periodista.


Horas más tarde, en el ATTP, se presentó Las Enanas, una obra basada en el relato del mismo nombre de la autora pampeana Olga Orozco. Al llegar también hay una larga cola, algunos nos reconocemos por habernos visto en la fila anterior. Ya a sabiendas de la espera nadie se mantiene en pie y los grupos de conocidos se sientan en el piso, en las escaleras o sobre manteles, a compartir mate, facturas, sándwiches de miga y gaseosas.
Un picnic improvisado de desconocidos que comparten un lunes a la tarde libre para ver teatro. Protagonistas y directores de otras obras, actores aficionados y gente curiosa de ver un espectáculo diferente esperando en la esquina de Bolivia y José Luro. La obra es corta y de un tono gracioso: dos hermanas con enanismo, ya en su vejez, se disponen a averiguar sobre su pasado y reflexionan cómo han vivido sus vidas, sobre su relación con el amor y acerca de sus orígenes.
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A la noche la gente tiene más tiempo disponible o quizás la obra convocó más porque esta vez la cantidad de personas se multiplicó. El hall del Teatro Español se atesta de espectadores a la espera, y momentos antes de presentar Espía a una mujer que se mata, el espacio tiene gran cantidad de las butacas ocupadas.
Al comenzar la obra se convoca a 70 personas para subirse al escenario a ver la acción desde todos los ángulos posibles. Al principio con timidez la gente sube por los costados del escenario para situarse en las sillas acomodadas en ambos costados.
El telón de fondo fue quitado, lo cual hizo que se gane espacio, se vea la pared de ladrillos del fondo y la puerta negra que da directamente a los camerinos. Todos miramos curiosos, no es una imagen común ni cotidiana y la idea de presenciar una obra de teatro metido entre los actores es muy innovadora. ¿Los actores van a pasar a través de nosotros para entrar y salir de escena? Sí. Exactamente como todos ansiábamos. La acción fue de 180 grados y todas las cabezas se movieron de un lado para el otro rítmicamente por más de una hora.
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La cercanía era total y se veían detalles que nunca se aprecian desde lejos: líneas de expresión, muecas, miradas furtivas de comunicación entre actores. Uno se sentía una actor más, inmerso en la historia. Como si eso no fuera suficiente, los personajes comían y bebían en las cuatro esquinas, así que todos teníamos al alcance de la mano comida y bebidas tentadoras que no podíamos tocar. Una actuación impecable para coronar el primer día de la Fiesta Provincial del Teatro.


Un nuevo día arrancó con Malvinas: luz sobre la memoria. Precavida, voy con mucha antelación al teatro Español y soy la primera en llegar. Pero no todo lo que brilla es oro: primero se acomodan las escuelas. ¿Cuántas? Varias. Llegan de la EPET, del Colegio de la Universidad, de los secundarios Juana Paula Manson y Paulo Freire. Sin embargo, las personas particulares también nos acomodamos, entramos todos sin problemas.
La obra empezó con una violinista que pone en contexto a todos los espectadores. Aparecen las figuras: dos masculinas y una femenina. Cada uno desde su anécdota, cuentan cómo vivieron la guerra de Malvinas. Dos combatientes y la madre de un caído en las islas argentinas relatan en primera persona el calvario de vivir en la época que la invasión inglesa era una realidad que avanzaba día a día.
El elenco estuvo conformado por la actriz Viviana Felice, los actores Javier Bassa y David Matzkin, y la violinista Evangelina Corredera.
Claramente el boca a boca convocó a personas de todo tipo a participar del festival: a pesar de ser un día laborable a las dos de la tarde y faltando casi una hora para la función ya no hay más lugares disponibles para ver Con esta boca en este mundo. Se anotan a las personas en una lista, para evaluar hacer una segunda función, que finalmente se realizó al término de la primera.
La consiga es, como mínimo, curiosa: cada espectador debía llevar auriculares y a través de un QR elegir uno de los dos audios disponibles y escucharlos en lo que duró la obra. Según el audio, se interpretaba de dos formas distintas la actuación de las actrices en escena. Por suerte, ir con tiempo tuvo su recompensa, porque pude sacar la entrada y salir corriendo a buscar los auriculares a mi casa.
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Cuando llegué la fila daba vuelta a la manzana, las personas se abanicaban con los folletos del cronograma semanal, con los abrigos en las manos y se pegaban a la poca sombra que se proyectaba de la pared. Una señora se secó las gotas de la frente con un pañuelo descartable.
Ya en la obra, dos actrices corrían, bailaban y se caían al ritmo de la narración de poemas de Olga Orozco. La narrativa dependía del audio que se escuchaba individualmente, por lo que el silencio era total y solo se oían las suaves pisadas si uno se quitaba los auriculares.

La mañana siguiente salí casi una hora antes, sabía que iba a haber gente esperando para ver Las Gonzáles, a las 20 hs. nuevamente en el ATTP, pero me sorprendí cuando salí de mi casa, a dos cuadras sobre la misma calle del teatro, se veía la fila que rodeaba la manzana. Me quedé congelada en la vereda. ¿Iba a poder entrar o me iba a quedar afuera? Me acerco a buscar mi entrada: «Hace dos personas que se terminaron, ponete en esta segunda fila que estamos viendo que se puede hacer”.
La fila de tres personas en unos minutos es de 15, y al rato ya dobla la esquina. Una pareja de abuelos con las entradas en la mano aguardan sentados en sillas que les facilitaron desde el teatro para que esperen cómodos. Charlan y miran a su alrededor: son un hueco en medio del tumulto de gente porque sentados, a simple vista, no se ven.
Finalmente piden a los jóvenes que se sienten en el piso y escaleras para ceder el asiento a la gente más grande y así sumar algunos espectadores. Entran un puñado de personas de la fila de reserva en la que voy avanzando. Algunas señoras se cuelan en el interín. Pasan diez personas, once, me toca a mí y me dan la entrada blanca. Suspiro aliviada. Miro hacia atrás esperando a mis acompañantes, pero esta vez no les ayudó la suerte: todos se quedaron afuera y yo entré sola, última, a la sala.
“Arriba, al fondo, metete que hay un espacio, buscalo que está”, me indica una señora muy amable. Subo las escaleras y entre el gentío veo que quedó una silla negra escondida en la oscuridad, desocupada. Me siento y me acomodo justo para cuando se apagan las luces.
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Salí de la obra fascinada. Todo me resultó espectacular, graciosao ocurrente y divertido. Cuatro hermanas, ya adultas mayores, viven juntas en una casa en un pequeño pueblo. Son serias, conservadoras, tímidas. Abuelas. Con polleras largas tejen y cosen. Pero una de las cuatro rompe esta monotonía: con pantalones bien puestos hace lo que quiere, y genera entre las hermanas caos, confusión y preocupación. Amoríos, viajes y la discusión por la propiedad de los bienes de la familia provocan las situaciones más graciosas mientras todas reflexionan sobre sus vínculos y las formas de ver la vida.
Agarro el celular. Mis amigos están en una plaza del barrio tomando mates, porque intentaron ir a ver Lápices: Un musical con memoria, pero la fila era de tres cuadras y no pudieron ingresar.


Terminada la semana agradezco que todas las entradas hayan sido gratuitas y por orden de llegada. Como amante del teatro disfruto las obras, pero no siempre se puede acceder económicamente a varias entradas por día y menos una detrás de otra. Y no fui la única, todas los espectáculos tuvieron un gran número de espectadores, incluso las que se presentaron durante la siesta en pleno horario laboral y escolar.
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